Con un título tan prometedor como inquietante, The Madness de Stephen Belber se presenta como un ejercicio admirable en el arte de atrapar a su audiencia sin dar tregua. Desde el primer fotograma hasta el último giro inesperado, esta serie se erige como un auténtico testamento de cómo el entretenimiento puede mantenerse al filo de lo absurdo y, sin embargo, ofrecer una experiencia embriagadoramente adictiva. Como un puzle meticulosamente ensamblado, la trama no desperdicia ni un ápice de narrativa.
El protagonista, Muncie Daniels, interpretado con maestría por Colman Domingo, es el alma indiscutible de esta epopeya conspirativa. Domingo no solo encarna a Daniels; lo respira, lo transfigura en carne y hueso, dándole una profundidad y una identidad tan vívida que logra que los giros más inverosímiles del guion sean absorbidos con naturalidad. Es un regalo a la audiencia y una lección para la narrativa televisiva: a veces, un solo actor puede ser el pilar que sostiene un proyecto entero. Algunos secundarios, sobre todo en el caso de Franco Quiñones, aunque anecdótico en apariencia, se roba momentos con un carisma tan peculiar como sus diálogos cargados de misterio, añadiendo capas inesperadas al relato.
Pero no todo en The Madness es un ejercicio de tensión y virtuosismo. La trama, una mezcla electrizante de teorías de la conspiración, supremacistas blancos, fake news y un periodista de CNN convertido en héroe improbable, bordea con frecuencia la línea que separa lo plausible de lo grotesco. Es un mundo donde las casualidades son demasiadas y donde los personajes parecen moverse en un universo paralelo donde el sentido común solo visita de vez en cuando. Por un lado, esta exageración contribuye al entretenimiento desenfadado de la serie; por otro, le resta cualquier pretensión de seriedad. Este no es un manual sobre la realidad de los medios ni una tesis sobre la política contemporánea; es pura ficción estilizada, y como tal, hay que disfrutarla.
El protagonista, Muncie Daniels, interpretado con maestría por Colman Domingo, es el alma indiscutible de esta epopeya conspirativa. Domingo no solo encarna a Daniels; lo respira, lo transfigura en carne y hueso, dándole una profundidad y una identidad tan vívida que logra que los giros más inverosímiles del guion sean absorbidos con naturalidad. Es un regalo a la audiencia y una lección para la narrativa televisiva: a veces, un solo actor puede ser el pilar que sostiene un proyecto entero. Algunos secundarios, sobre todo en el caso de Franco Quiñones, aunque anecdótico en apariencia, se roba momentos con un carisma tan peculiar como sus diálogos cargados de misterio, añadiendo capas inesperadas al relato.
Pero no todo en The Madness es un ejercicio de tensión y virtuosismo. La trama, una mezcla electrizante de teorías de la conspiración, supremacistas blancos, fake news y un periodista de CNN convertido en héroe improbable, bordea con frecuencia la línea que separa lo plausible de lo grotesco. Es un mundo donde las casualidades son demasiadas y donde los personajes parecen moverse en un universo paralelo donde el sentido común solo visita de vez en cuando. Por un lado, esta exageración contribuye al entretenimiento desenfadado de la serie; por otro, le resta cualquier pretensión de seriedad. Este no es un manual sobre la realidad de los medios ni una tesis sobre la política contemporánea; es pura ficción estilizada, y como tal, hay que disfrutarla.
El guion, aunque bien estructurado, no está exento de decisiones que desafían tanto la lógica narrativa como la paciencia del espectador más perspicaz. Momentos como el de Muncie recibiendo una carta que lo guía al despacho del antagonista –sin guardias, sin trampas, sin siquiera un perro guardián para aumentar el suspense–, coquetean con el ridículo. No obstante, estos deslices se ven compensados por giros finales que, aunque previsiblemente sorprendentes, logran mantener el ritmo y cerrar la trama con cierta dignidad.
La verdadera virtud de The Madness reside en su capacidad para diseccionar temas actuales con una mezcla de rigor superficial y un descaro consciente. La manipulación mediática, los extremos ideológicos y la fragilidad de la verdad en la era de las redes sociales son tratados no tanto con profundidad, sino con un guiño cómplice que parece decir: “Esto es un juego, disfrútalo”.
En definitiva, The Madness es un espectáculo que logra mantenerte pegado a la pantalla, no tanto por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta. Es una serie que, sin pretensiones de trascendencia, te envuelve en su maraña de giros imposibles, actuaciones memorables y conspiraciones descabelladas. ¿Es verosímil? No siempre. ¿Es adictiva? Absolutamente. Al final, tal como el propio Muncie Daniels descubre, lo importante no es tanto la verdad, sino el viaje caótico que hacemos para intentar alcanzarla.
La verdadera virtud de The Madness reside en su capacidad para diseccionar temas actuales con una mezcla de rigor superficial y un descaro consciente. La manipulación mediática, los extremos ideológicos y la fragilidad de la verdad en la era de las redes sociales son tratados no tanto con profundidad, sino con un guiño cómplice que parece decir: “Esto es un juego, disfrútalo”.
En definitiva, The Madness es un espectáculo que logra mantenerte pegado a la pantalla, no tanto por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta. Es una serie que, sin pretensiones de trascendencia, te envuelve en su maraña de giros imposibles, actuaciones memorables y conspiraciones descabelladas. ¿Es verosímil? No siempre. ¿Es adictiva? Absolutamente. Al final, tal como el propio Muncie Daniels descubre, lo importante no es tanto la verdad, sino el viaje caótico que hacemos para intentar alcanzarla.
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