Primera parada del día Galatina. Sin tregua de ningún tipo nos metemos en una cafetería a tomar un café porque empezaba a llover. Al final fueron cuatro gotas y cayeron al salir, con lo que nos tuvimos que resguardar en un portalón. Nos sorprende desde el principio por sus palacios y sobre todo por la maravillosa iglesia barroca.
Sobria por fuera, espectacular por dentro. Pinturas, columnas, retablo, ... todo soberbio.
Un paseo por el pueblo nos lleva hasta otra iglesia magnífica. La profusión de palacios es increíble. No es Lecce, pero aún así asombra. Lo que más la distingue es que el color de las fachadas, donde en Lecce predominaba ael amarillo, es aquí blanco. En muchos aspectos comentamos que estamos recorriendo de nuevo pueblos blancos. Sólo que en vez de Andalucía, estamos en Plugia.
Segunda parada y es un pueblo más pequeño pero con algunos pequeños palacios, un castillo aragones y otra iglesia barroca, aunque mas sencilla que las de Galatina. Lo curioso del caso es que, siendo un pueblecito tenga un castillo de estas dimensiones. Sorprende lo que los aragoneses llegaron a hacer por esta zona.
Tomamos un vermut en un bar en el que charlamos un rato con la hija del dueño que hizo el Erasmus en Salamanca y habla muy bien español. Tomamos un granizado esquisto en el que nos ponen de tapa tres tarros de panecillos típicos de la zona y una bandeja de aceitunas. No nos atrevemos a tocar la tapa por miedo a que nos la cobren y luego resulta que es el sitio más barato en el que hemos estado e iba incluida. Lo que ha sido muy agradable es la conversación con la chica ay sus padres. Les quitamos la inquietud por el dinero que habían gastado en el Erasmus comentándoles que su hija lo ha aprovechado perfectamente porque habla muy bien.
Como no queremos entrar a Gallipoli y ponernos a buscar restaurante a estas horas, comemos en nuestro restaurante favorito de Alezio (tercera vez) y nos regalan una botella de vino que tenemos que rechazar por el avión. Otro plato esquisto y la gracia de los baberos que nos pone la camarera nos alegran la comida. Y el plato de marisco que se come Elena no se lo salta un torero.
Tarde en Gallipoli. El casco antiguo en una isla con casas más sencillas, pero muy bien arregladas.
La catedral es otra joya del barroco con pinturas por todas las paredes, también extraordinarias.
Pero la joya de la isla es el paseo marítimo por las murallas que caen hacia al mar formando una estampa preciosa. Lo curioso es que la ciudad interior está a la altura de la parte superior de las murallas. Nos sentamos en un bar en lo alto de la muralla y tomamos un café especial con leche de avellana. No me convence nada y encima me sienta mal al estómago. Hacía mucho aire y la verdad es que estaba de pegada viendo el mar embravecido.
Por no variar tiene otro castillo aragonés. Ya no llama la atención, pero son unas molestias impresionantes que seguro que funcionaban muy bien como defensa de las ciudades.
Volvemos a casa y Elena nos pide que hagamos una pequeña excursión en coche por la costa para ver otras playas. Lo que vemos es más tranquilo que donde estamos, pero a cambio las playas son de piedras y peores. En medio de esto nos llama a Aitana y nos comenta lo que ha hablado con la doctora hoy, no nos gusta nada!. Después Elena se queda en casa mientras nosotros recorremos el sendero de la costa un rato. Lo necesitábamos después de la desilusionante conversación por teléfono con Aitana.
Elena no quiere cenar así que volvemos a la Trattoria de Gallipoli, cenamos y nos comemos un helado mientras recorremos el paseo marítimo. Muy agradable, y nos sirve para comprobar que las playas son de rocas y piedrecitas. La única de arena va a ser en la que estamos.
Día completito.
Paseando por Galatina:
Gallipoli, paseo marítimo:
Gallipoli, un bello tomando algo con ventolera:
Gallipoli, paseo por el casco viejo: