Miniserie de TV (2019). 8 episodios. Un monje investiga una serie de muertes misteriosas en una abadía. Adaptación televisiva de la novela de Umberto Eco 'El nombre de la rosa'.
El joven Adso cansado de las formas hedonistas de su influyente padre decide seguir al fraile franciscano Guillermo de Baskerville. Ambos acuden a una aislada abadía benedictina donde Baskerville va a participar en un importante debate teológico, pero a su llegada se produce una extraña muerte.
Después de la muerte de Adelmo, el monje Venancio aparece colgado encima de un barril con sangre de cerdo. Fray Guillermo solicita a Severino, el encargado de la enfermería, que diseccione el cadáver. Mientras tanto, Guillermo y Adso buscan la manera de entrar en la misteriosa biblioteca.
Fray Guillermo y Adso han conseguido entrar en la biblioteca, pero en una sala secreta Adso ha sido intoxicado con hierbas alucinógenas. Una vez que consiguen salir, Guillermo busca un par de lentes nuevas para inspeccionar los libros. Mientras tanto, Anna busca venganza y quiere matar a Gui.
Fray Guillermo y Adso han encontrado el cadáver de Berengario ahogado en la bañera y como los anteriores monjes tiene la lengua y el dedo manchados. Ambos intentarán llegar a la estancia secreta "Finis Africae ", donde creen que se encuentra la respuesta a los asesinatos.
La campesina encuentra a Anna herida y consigue salvarla la vida. Mientras en la abadía, Bernardo Gui busca aliados e interroga al bibliotecario Malaquías sobre Remigio.
Anna se infiltra en la abadía para encontrar a su antiguo aliado Remigio. Es el turno de fray Guillermo en el debate cuando otro asesinato en la abadía lo interrumpe. El inquisidor Gui arresta a Remigio por el crimen a pesar de las dudas de Barkerville. Adso sale a buscar a la campesina.
El inquisidor Bernardo Gui arresta a Salvatore y encarcela a la campesina acusándola de bruja. Salvatore confiesa que Remigio ocultó unas cartas secretas en la biblioteca y Gui le lleva a juicio. Remigio es acusado de hereje y de los asesinatos de los monjes. Anna consigue infiltrarse en la abadía.
Bernardo Gui condena a Remigio a morir en la hoguera en Aviñón y se marchará de la abadía después de quemar a la campesina. Mientras tanto, fray Guillermo y Adso intentarán resolver el rompecabezas de la biblioteca y atrapar al verdadero asesino antes de que sea demasiado tarde.
Estilosa producción germano-italiana que, en época tan propicia para las series, venía a completar los "huecos" que dejara la emblemática película de Annaud. Digo huecos porque en una serie teóricamente se pueden explayar y contar más cosas que en una película, donde hay menos metraje.
Lo cierto es que en 1986 se hizo una muy buena adaptación, pero la fidelidad al texto se iba perdiendo conforme avanzaba el largometraje y el director parecía más interesado en mostrar a los grotescos monjes y sus pecados, que la trama en sí, aparte de que el final es muy distinto a el de la magna novela de Eco. Además, pese a la alabada recreación histórica, resultó exagerado su excesivo oscurantismo, cuando estamos hablando del año 1327 en Italia, una época en vías del Renacimiento (Giotto tiene 60 años, Dante muere en 1321). Obviamente el Renacimiento no fue todo luz, Botticelli y Rafael, pero esa visión de la Edad Media con sólo hogueras, Peste Negra e Inquisición ha hecho mucho daño.
La serie realiza una evocación más seria y muestra un mundo más luminoso y fresco, con unas iglesias y unas estancias mucho más esclarecidas y acordes a ese tiempo que en la película de Annaud, que parecía del año 1000 o de la época de Carlomagno (742-814) en vez del siglo XIV (la Edad Media fue muy larga y variada, amigos). Lamentablemente, pese al empeño de Turturro (aunque no se parezca físicamente en nada al Guillermo del libro, es un gran actor) y una interesante galería de secundarios, la serie resulta francamente insípida, aburrida, sin tino ni gracia para ampliar el relato, y lo que es peor, distorsiona aún más la trama y hay menos misterio todavía, en un galimatías algo confuso. Fallida, en suma.
Dos son los problemas de esta producción: la existencia de una muy buena adaptación parcial cinematográfica, y el aburrimiento que impregna sus siete horas de metraje. Si no hubiera existido el trabajo de Jean-Jac Annaud en 1986, quizás esta obra ganaría algún entero. Pero existió, por lo que siempre será comparada con aquélla. Por otro, es una serie que intenta abarcar más material que la película de aquél, pero lo único que logra es una historia falta de garra.
Así, tirando de los vagos recuerdos que tengo de la novela, parece ser que este trabajo es más amplio que el de Annaud. Téngase presente que la película protagonizada por Connery y Slater se basó en la trama detectivesca del texto de Eco, la cual fue modificada en aras de las concesiones cinematográficas. El resto de cuestiones eran, como mucho, orilladas. Esta otra, sin embargo, dedica metraje a las cuestiones teológicas y a la lucha de poder. En este sentido (parece) más fiel a la narración original, aunque tampoco es que brille, pues Umberto levantó un marco muy rico que no es fácil de adaptar.
Asimismo, la obra de Annaud es muy superior en las formas. En aquélla se escogieron actores con un físico horrendo que les permitía transmitir con acierto la putridez moral, la hipocresía y la decadencia del espíritu humano. Jean-Jac insistió en que las miserias internas aflorasen, haciendo imposible discernir entre presas y depredadores. Borregos con miradas de lobos hambrientos.
Battiato, sin embargo, ha optado por una estética pristina, con rostros casi angelicales y ropas impolutas. Hasta los más defenestrados lucen pulcros y elegantes. Si al francés quizás se le pueda echar en cara un exceso de suciedad física como reflejo del alma (no seré yo quien se atreva), a Battiato habría que culparle de lo contrario. Monjes afeitados con Gillete de cinco hojas y "after shave" de El Corte Inglés. Por momentos recuerda a aquellas alegres aventuras del Robin Hood de finales de los 30, tan entretenidas como inverosímiles.
Sin embargo, quizás el aspecto comparativo que más incomoda en esta obra sea el de sus actores. Turturro y Rupper Everett son buenos, pero Connery se come con patatas al primero, mientras el segundo no impresiona tanto como F. Murray. El escocés hizo suyo el personaje de Guillermo de Baskerville con su aplomo, su forma culta de expresarse, su control de las emociones, su tono severo pero cariñoso. Era el mejor maestro que Adso pudiera tener. Turturro, intenta imitarlo, pero no es rival. Se le notan las ganas de lanzarse, de aleccionar a los demás, de ponerse erudito hasta bordear la chulería por momentos. Connery era capaz de pronunciar sus frases con una cadencia y erudición tan excelsas como humildes. Turturro tiene querencia por ser el macho alfa. No digo que lo haga mal, pero es inferior.
Por otro lado, Slater interpretó al perfecto novicio inocente, superado por lo que veía, cuyas lecciones le llovían como sopas volando. A su lado, el joven Damian Hardung, aunque más experimentado en TV, no puede suprimir un sutil aire de rebeldía, de engreimiento, de "no te pases, abuelo, que tampoco me vas a enseñar tanto". Pretende transmitir inocencia, pero es artificial. Le falta la humildad y el miedo del que empieza.
En cuanto al resto del elenco, palidecen ante sus predecesores. El Salvatore de Ron Perlman y el Remigio de Helmut Qualtinger eran brutales; Jorge de Burgos ponía los pelos como escarpias, el muy cabrón; Malaquías tiraba para atrás con su cara de psicópata; y a Berengario la perversión sexual le salía por cada poro. Y qué decir de la sexualidad animal de Valentina Vargas. Si es que Adso tenía motivos para ser un aspersor de semen ante aquella hembra lujuriosa.
En resumen, para disponer de ocho capítulos de 50 minutos, ofrece menos que la cinta de dos horas de Annaud. Cierto que abarca más, pero aprieta menos. Su puesta en escena y un "quiero y no puedo" de sus actores la lastran. De hecho, creo que estamos ante un ejemplo de manual de "menos es más". Jean-Jac y sus guionistas coparon menos, pero muy bien. Esta aspira a ofrecer más, y acaba flaqueando. No hay una intensidad, una pasión, ni una ambientación con suficente tirón.
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