El lunes por fin podemos hablar con ella. Aunque nada es fácil, como no nos llamaba hemos hecho el paripé de llamar nosotros y decir que lo habíamos entendido mal. Consecuencia, la avisaron y cinco minutos después nos llamó ella. Parece ser que no había entendido la situación. Más de media hora de conversación hasta que la llamaron. Le pedimos que llamara a Ana, aunque al final no lo hizo.
La conversación estuvo bien. Hablamos de las condiciones de la nueva casa (parece ser que las salidas se restringen bastante), del trato con el resto de niños (de momento nulo), de sus cosas (siguen faltando muchas, y nos dice que las pidamos en las otras casas), de su actitud (nos comenta el mordisco de la mano que nos habían dicho por teléfono, que parece ser que no fue el primero), de las mañanas de estudio en la casa (no va a ningún instituto) y de los "robos" del resto de niños (le falta el aparato de los dientes). Este último tema es importante porque es un problema sanitario. Le explicamos que lo comenté a los educadores y luego se lo diga a los niños en una comida para que lo oigan todos a la vez (utilizando el recurso de comentar que le parece bien la broma, pero que una vez que se han reído ya es tiempo de acabarla). Con esta niña no sé si sucederá bien porque es capaz de terminar en una tragedia enfrentándose a alguien. También intentamos tirarle de la lengua sobre los sucesos que han ocurrido. Fruto de su falta de empatía sólo nos comenta lo que le interesa de cómo va a recuperar la navaja (bien con su madre, bien con nosotros). Y de lo mal que la trató su educadora cuando se la encontró. Ya le decimos que a la educadora se le fue la cabeza, pero en esa situación, a quién no?. Nos llama la atención la cantidad de palabras malsonantes que utiliza. Sí que ha cogido todo lo malo. Y la tranquilidad con que habla de todo, no parece ni que lo esté pasando mal. Aunque al principio sí que nos comenta que le hace mucha ilusión oírnos. Y se emociona cuando le decimos que iremos a verla el sábado. Por supuesto le decimos varias veces que la queremos y le damos un gran abrazo virtual. A ver si esto se normaliza un poco, porque estas semanas están siendo de locos.
Miércoles. Por la mañana vamos a las dos casas a buscar todo lo que ha ido dejando por ahí. Un montón de cosas. Por la tarde hablamos con ella después de hablar con Ana. No quiere hablar en ningún momento de cómo es su habitación, ni su vida. Sólo quiere hablar de las cosas que le faltan y se queja de la cuidadora de referencia de antes. Nos reprocha que no hayamos hablado con ella para ponerla a caldo. Sólo piensa en vengarse de todo y de todos los que le hacen daño. E insiste con pedirnos comprar ropa. Eso sí, no quiere ni oír hablar de la ropa que hay en casa. Y cuando le decimos que no, se pone muy pesada. Tanto que el educador termina cortando la llamada. Esto sigue estando lejos del fin. La vemos con una actitud irreal. No asimila lo que le está pasando como algo malo por sus "pensamientos". Lo único en lo que le vemos ilusionarse es con la posibilidad de terminar en una casa en León tipo piso. Pero no se da cuenta del camino cuesta abajo que ha emprendido. Y que hay que invertir ese camino antes de dar el paso a esa casa. A ver en qué terminamos.
El viernes nos toca volver a ir a las casas de nuevo a por la plancha del pelo que le regaló Ana. Qué pesadas las dos, madre e hija. Lo que es de ellas son de un posesivo increíble.
Sábado. Nos levantamos pronto y vamos a ver a Aitana. Hora y media de coche y llegamos. La casa es un grupo de chalets unidos con pequeños patios traseros para jugar con canasta y portería de futbito. Pero están rodeados por una valla alta. Primera impresión, de aquí no se escapa nadie. Así que estamos en una casa más restrictiva que la Cruz de los Ángeles. La segunda idea es que nos piden los móviles para garantizar la intimidad. La tercera es que no podemos salir, dos horas de visita en la propia casa. La niña sale corriendo y nos da un abrazo fuerte, sentido y muy largo. La pobre ha padecido el estar sola. Las decisiones equivocadas de las últimas semanas tienen consecuencias y ella las sufre. Aunque es un palo nos permite sentarnos en una terraza a hablar y ver la habitación de Aitana. Es muy amplia y muy luminosa con ventanas en dos direcciones. Alegre!. Hablamos de todo con Aitana, pero sobre todo de lo que tiene que hacer en el futuro. Tiene que hacer desaparecer de su cabeza las ideas de violencia, las autolesiones y la agresividad hacia los demás. Y le damos ilusión pintándole la futura casa. En muchos momentos se le caían las lágrimas, pobrecita, sufre hasta el extremo. Pero la situación que nos llevó a la primera casa creemos que era imposible de sobrellevar. Y no vemos que pudiera desaparecer. Nos enseña las heridas de las manos y las cicatrices de los brazos. Me duele sólo pensar lo que le lleva a hacer esto, pero no veo relación con el vivir en las casa, creo que nuestra casa hubiera terminado haciendo lo mismo. Hubo un sólo momento malo cuando entró en bucle con las camisetas que le han "robado" en la anterior casa. Hemos trabajado mucho con que piense en futuro y olvide el pasado, pero le cuesta. Aprovechamos para dar una vuelta a la casa y que vea todos los patios que todavía no conocía. Y jugamos a baloncesto los tres. Hacía años que no nos reíamos tanto juntos. Muy bien. Después volvemos a la terraza y nos cuenta su día a día, la comida, el estudio y los usos de la casa (aquí no cocinan, limpian ni recogen los platos). Además nos comenta que no sociabiliza con los niños españoles de la casa, pero sí con una inmigrantes senegalesas. Incluso les ha enseñado los números en español y ha bailado con ellas. Bravo! La despedida ha sido dura, pero como le hemos dado el MP4, las zapatillas y se lo ha pasado bien, se ha ido más tranquila. Nos quedamos hablando con uno de los educadores contándoles los antecedentes, que no conocía en su mayor parte.
Y vuelta a casa comiendo en el Ikea del parque Principado. Que recuerdos de hace 20 años!
La desolación de no tener a la niña en casa es horrible. Aunque cuando hablo con Ana la reafirmó en su sufrimiento por ser la madre para que se implique, el verdadero dolor es el nuestro. Nosotros somos los que hemos estado siempre a su lado durante 13 años y su falta de nota en cada rincón de casa. Eso Ana ni lo tiene ni puede padecerlo. Es malo, pero no quiero ni pensar en cómo es para la niña. Probrecina!
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