Hay un nuevo caso en la agenda y el expediente se ha abierto en el lugar más improbable: una residencia de ancianos con más secretos que un confesionario de la mafia. Si Agatha Christie escribiera con las prisas de un becario de TikTok y Puñales por la espalda fuera reescrita por un guionista de Las chicas de oro con la mente en las vacaciones de verano, el resultado sería este. Una de esas producciones donde los nombres del reparto son el único argumento de peso, un casting que parece más una reunión de la realeza británica que un equipo de detectives aficionados. Un producto destinado a la sobremesa de los domingos y a ser olvidado antes de que se enfríe la taza de té.
El guion se nos presenta como el primo de zumosol de un libro de Jessica Fletcher. La trama es tan previsible que podrías adivinar al culpable antes de que Miss Marple se ponga el jersey de lana. Los personajes son arquetipos con prótesis dentales: el ex-espía con mirada de acero, la ex-psiquiatra con la paciencia de un santo, el ex-sindicalista y la señora excéntrica que usa el misterio como un hobby. Los diálogos tienen el filo de una cuchillo de plástico, diseñados para cumplir su función sin dejar huella. Un ménage à quatre entre el tópico, el cliché y el lugar común que no aporta nada nuevo al género, más allá de la confirmación de que no hay mejor coartada que la artrosis.
Todo el andamiaje se sostiene en sus cabezas de cartel. Helen Mirren, con su mirada de acero y su eterna elegancia, te recuerda por qué es una de las grandes. Su personaje es un cliché, pero ella lo eleva con un solo parpadeo. A su lado, el gran Pierce Brosnan parece disfrutar de un papel que no exige más que su carisma, como el viejo espía que, con media sonrisa, te hace creer que aún podría salvar el mundo. Ben Kingsley, por su parte, aporta su habitual gravedad y oficio, dándole a su personaje la dignidad que el guion no le concede. Y Celia Imrie es la perfecta señora excéntrica, el contrapunto cómico, la chispa de caos que se necesita para que todo no sea tan predecible. Es un placer verles, aunque sea en un vehículo tan poco potente como este, haciendo lo que saben hacer: que el espectador se divierta.
En resumen, El club del crimen de los jueves es una película sin pretensiones, que ofrece un pasatiempo honrado y que cumple su cometido sin mayores estridencias. Es como un Werther's Original de los que te daba tu abuela cuando tenías suerte y no te tocaba un caramelo de anís, es un sabor reconocible que no alimenta pero disfrutas sin remordimientos. Una película que te deja con la sensación de que es demasiado educada para ser un thriller y demasiado previsible para ser un misterio. Una pieza sin grandes sobresaltos, para un espectador que no busca más que un rato agradable. Perfecta para ver en el sofá con una manta y una taza de té, para el día que no te atreves con nada nuevo y prefieres el sabor de lo conocido.
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