viernes, 24 de julio de 2026

Tercer día en Italia, Brindisi, costa y Lecce

Hoy toca camino desde primera hora de la mañana. Y nos vamos a Brindisi. La verdad es no vale mucho. La catedral es la mas sencilla que he visto en mi vida.


Merecen algo más la pena las dos columnas que, cara al mar, marcan el final de la Vía Apia. 

Bajamos las escaleras y hacemos el paseo marítimo hasta el puerto deportivo, con barcos impresionantes, y el militar, donde no nos dejan entrar.


Pero sí que vemos un crucero de los pequeños, que aún así, y en la distancia, se ve gigantesco.


Las calles de la ciudad se nos antojan una oelícula de hace un siglo. No es que estén excesivamente mal, es que todo parece antiguo y decadente.


Y nos vamos al castillo. Está en una isla que se unió a tierra por un muelle. Esto permite cerrar la bahía y tener aguas tranquilas para un muelle deportivo y los astilleros navales militares. Y nos permite a nosotros acercarnos hasta sus puertas (o casi).


No queda más por ver, por tanto cogemos el coche y nos vamos a Lecce, pero por la costa. Una decepción. Las playas son pequeñas y desangeladas. Las poblaciones que hay son conjuntos de chalets que se adivinan como segunda vivienda juntos al mar. No hay nada de ambiente. No queremos ni pensar lo que será esto en invierno. Nos vamos a Lecce porque no hay nada que rascar. Y comemos en un sitio curioso que descubre Tere en internet. Un camarero que es un casta de los buenos. Aunque la comida era original y estaba muy buena.


Ya para entrar en el casco antiguo te encuentras una puerta increíble, con una explanada para llegar a ella de losas parecidas a las de todas las ciudades de Croacia.


Las calles son increíbles, cada casa parece un palacio. 


Aunque la joya de la corona destaca por su grandiosidad.
Las ruinas de un anfiteatro romano nomson muy espectaculares, pero al estar en la plaza principal llaman mucho la atención.

Otra iglesia de Santa Clara. Las hay por todo el mundo. Ésta tiene una fachada muy bonita.


La plaza de la catedral aparece como por encanto, con ser tan grande llama la atención que sólo está abierta por un lado y no se puede llegar por ningún otro sitio.


Es tan hermoso que las fotos no dicen verdad. Es imposible reflejar el alma al pasear por estas calles palaciegas en una imagen. Las sensaciones no se pueden transmitir.


Cenamos y volvemos al apartamento recorriendo de nuevo las calles, ahora iluminadas.


Y otro paseo en el desayuno nos muestra más palacios y otra iglesia barroca, la de Santa Irene. Cada calle enseña un nuevo palacio, una nueva ilusión es una maravilla.


El interior barroco de la iglesia es desbordante. Hay columnas talladas hasta el extremo. El altar es más sencillo pero las capillas laterales desbordan tallado de piedra y figuras hasta el extremo.


Después de verla se entiende el calificativo de Florencia del sur. No tiene los maravillosos museos de la original, pero las calles, en pequeño, son un espectáculo continuo que te encandila. Es que hasta las losas del suelo, lisas y desgastadas por siglos de uso, son maravillosas. Está ciudad ha sido todo un descubrimiento.

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