Una batalla tras otra, dirigida por Paul Thomas Anderson, llega envuelta en la euforia crítica como obra maestra del cine contemporáneo, pero se revela como una película más irregular y contradictoria de lo que esas etiquetas sugieren. Formalmente brillante, rodada en celuloide y con pasajes en VistaVision que aportan escala y majestuosidad, es un espectáculo visual impecable. Sin embargo, esa excelencia estética no logra ocultar un guion reiterativo, obvio en su discurso ideológico y falto de verdadera emoción. Lo que pretende ser una radiografía feroz de la militancia radical termina convertido en un híbrido errático entre sátira esperpéntica, melodrama familiar y buddy film.
Desde su inicio, Anderson apuesta por la estilización: persecuciones espectaculares, montaje frenético y una música jazz disonante que carga de tensión cada secuencia. La cámara se mueve con virtuosismo, coreografiando el caos con maestría, pero lo narrativo se resiente. Vemos personajes esbozados de manera atropellada, diálogos superficiales y un tono que alterna lo solemne con lo grotesco sin encontrar un equilibrio. Bob Ferguson (Leonardo DiCaprio) encarna al antihéroe derrotado por el tiempo, un hombre atrapado en sus recuerdos revolucionarios, alcohol y drogas, pero su arco carece de profundidad. La relación con su hija adolescente, supuestamente el corazón de la trama, apenas se desarrolla, lo que convierte la dimensión íntima en una promesa incumplida.
El gran problema, sin embargo, reside en la dimensión sociopolítica. Anderson carga las tintas contra el trumpismo, la represión policial y sus políticas migratorias, al tiempo que coquetea con una rehabilitación nostálgica de movimientos como los Black Panthers o Antifa. Pero lo hace sin matices, sin complejidad, como si bastara con invocar símbolos ideológicos para sostener un drama. El resultado es burdo: un Estado opresor caricaturesco, encarnado por un Sean Penn en un papel ridículo y grotesco; revolucionarios tratados con una mezcla de romanticismo y parodia; y un discurso político que oscila entre la obviedad y la farsa. Lo que podría haber sido una reflexión incisiva sobre la erosión de las convicciones y el desgaste de la revolución, se queda en una colección de consignas subrayadas hasta el absurdo.
Hay destellos de interés en el tono esperpéntico, que por momentos roza la sátira corrosiva. La película sugiere que toda ideología se convierte en farsa y que toda revolución termina devorándose a sí misma. Pero al exagerar hasta la caricatura, anula la fuerza de esa tesis. La tragedia familiar no emociona, la crítica política no incomoda y la sátira se confunde con sketch. La película pretende ser corrosiva, pero cae en lo pueril. Quiere ser demoledora, pero acaba instalada en la obviedad.
En lo formal, nadie puede negar el talento de Anderson. Su manejo de la cámara, la composición del espacio, la capacidad de rodar acción o el gran uso de la iluminación y el contraste sitúan al film en la cúspide técnica del cine actual. Pero esa grandeza formal se estrella contra un contenido narrativo y político débil, repetitivo y sobrecargado.
Una batalla tras otra es, en definitiva, una obra técnicamente deslumbrante, pero narrativamente fallida y políticamente burda. Un espectáculo irregular que entretiene a ratos, agota en conjunto y deja la incómoda sensación de que Anderson ha confundido la provocación con la caricatura.
Demasiado pretenciosa para lo que cuenta. El declive de un terrorista en su madurez no puede interpretarse como una tensión perpetua por la psicosis de ser, para toda la eternidad, perseguido. En realidad la historia termina siendo una venganza personal entre el terrorista y el militar pirado que lo persigue, ambos para lavar sus culpas. Por cierto, muy mal Sean Penn, más grave en su caso porque es un buen actor en un mal papel, exagerado e incluso ridículo.
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